martes, diciembre 30, 2008

Hacer tu voluntad

Tu siempre nos alientas en medio de tantas turbulencias. Por eso eres el Señor. Por eso me refugio en Tí.

Primera Lectura
Lectura de la primera carta del
apóstol san Juan (2, 12-17)

Les escribo a ustedes, hijitos, porque han sido perdonados sus pecados en el nombre de Jesús. Les escribo a ustedes, padres, porque conocen al que existe desde el principio. Les escribo a ustedes, jóvenes, porque han vencido al demonio.
Les he escrito a ustedes, hijitos, porque conocen al Padre. Les he escrito a ustedes, padres, porque conocen al que existe desde el principio. Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al demonio.
No amen al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo: las pasiones desordenadas del hombre, las curiosidades malsanas y la arrogancia del dinero, no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo pasa y sus pasiones desordenadas también. Pero el que hace la voluntad de Dios tiene vida eterna.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 95
Alaben al Señor,
todos los pueblos.
Alaben al Señor, pueblos del orbe, reconozcan su gloria y su poder y tribútenle honores a su nombre.
Alaben al Señor,
todos los pueblos.
Ofrézcanle en sus atrios sacrificios. Caigamos en su templo de rodillas. Tiemblen ante
el Señor los atrevidos.
Alaben al Señor,
todos los pueblos.
“Reina el Señor”, digamos a los pueblos. El afianzó con su poder el orbe, gobierna a las naciones con justicia.
Alaben al Señor,
todos los pueblos.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio
según san Lucas (2, 36-40)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. (Cuando José y María entraban en el templo para la presentación del niño), se acercó Ana, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Una vez que José y María cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión

Este evangelio nos relata cómo Ana, igual que Simeón, había vivido muchos años esperando al Salvador con la misma promesa de conocerlo antes de morir. Esto nos reafirma el gran deseo de ver al Mesías que tenían muchas personas de ese tiempo, animadas en la certeza de que iba a venir. Tengamos nosotros también el mismo deseo de recibir a Jesús el Salvador, para seguirlo a tal punto que podamos decir como Pablo, “no soy yo quien habita en mí, sino Cristo”.

El niño que ha nacido de María es el Salvador tan largamente esperado. Así lo proclama Ana en el templo, como Simeón. La palabra de Dios que permanece para siempre se ha hecho carne, y sacia las esperanzas de un pueblo. Este pueblo está presente en las palabras de Ana. Hoy son nuestros pueblos los que escuchan y buscan la liberación de tantas opresiones como los oprimen. Cuántos profetas, hoy y aquí tal como Ana y Simeón, poniéndose de pie después de tantos ayunos y oraciones alaban a Dios y se entregan al servicio de sus hermanos. Sepamos ver y apreciar en cada profeta de nuestros pueblos a Ana y Simeón, que supieron reconocer al Salvador.

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